Hay una teoría que sostiene que gran parte del derrumbe de la familia tradicional se debe al ascenso de mujer dentro de la sociedad moderna. En la sociedad industrial el prototipo del trabajador era el hombre,
pero en la sociedad del conocimiento el prototipo del trabajador es la
mujer.
Desde la
década de los '80, en los Estados Unidos y la mayoría de las naciones
más avanzadas, las mujeres dejaron de ser minoría en la fuerza de
trabajo. En términos generales el porcentaje de la fuerza laboral
femenina respecto del total es del orden del 50%, en tanto que en Chile
dicha tasa aún gira en torno al 35%, promedio similar al del resto de
América Latina. Pero esto ocurre porque dos tercios de los nuevos puestos de
trabajo vinculados a áreas del conocimiento, información y servicios han
sido acaparados por las mujeres.
Nunca antes en la historia
de la humanidad las mujeres fueron tan libres, independientes, educadas,
cultas, trabajadoras y económicamente autosuficientes. Pero también se
puede agregar otra: nunca antes la familia tradicional denominada
"nuclear" (padre y madre viviendo juntos y criando hijos comunes) había
atravesado por una crisis tan profunda.
El descenso de la familia
La revista The Economist, que ha mantenido una permanente
preocupación por estas materias, hace 5 años dedicó una edición mensual
al tema. El título de la portada era elocuente: "La familia en
desaparición". La publicación afirmaba que "en muchos países ricos,
especialmente en Gran Bretaña y Estados Unidos, el miedo hacia el
derrumbe de la familia se ha convertido en obsesión. Todos los días
relatos y estadísticas confirman que el matrimonio está en declinación
terminal, que los niños están siendo criados, cada vez más, sólo por sus
madres y que como resultado de todo ésto la sociedad está siendo
afectada por un proceso de desintegración".
En la actualidad existen antecedentes sólidos para compartir el diagnóstico crítico del estado de la familia tradicional.
En primer lugar, en la mayoría de los países del mundo las tasas de
divorcio han aumentado enormemente en los últimos treinta años. En Chile pasó de 36 por cada
mil matrimonios en 1980 a 85 por cada mil en 1998. A lo anterior, debe
sumarse el hecho que en el decenio 1988-1998 se observa un franco
descenso en el número de matrimonios, con 103.000 como valor máximo para
culminar en aproximadamente 73.450 el año 1998.
En segundo lugar, el porcentaje de hijos nacidos fuera del matrimonio
también ha crecido. En 1960 éste era, el 10% en Suecia, el 6% en
Francia, el 4% en Gran Bretaña y una cifra similar en Estados Unidos,
Canadá, Australia y Alemania. Algo más de 30 años después, el porcentaje
era el 50% en Suecia, el 31% en Francia, el 30% en Gran Bretaña y,
respectivamente, el 30%, 28%, 26% y 15% en Estados Unidos, Canadá,
Australia y Alemania.
En nuestro país, el aumento de las tasas de nacimientos ilegítimos (hoy
llamados extramatrimoniales) es impresionante. En 1995 el 41% de los 275
mil nacimientos fueron ilegítimos; en 1996 esa realidad tocó al 42% de
los 268 mil nacimientos; en 1997 lo fue el 44% de los 261 mil
nacimientos y en 1998 el porcentaje alcanzó al 46% de los 256 mil
nacimientos.
En tercer lugar, al número de familias a cargo de las madres, en que el
rol de jefe de hogar lo cumple la mujer por falta, ausencia o abandono
del marido, también se ha disparado.
Estas familias monoparentales eran en 1981 el 20% en Estados Unidos, el
14% en Gran Bretaña y el 13% en Australia. Diez años después, eran del
25% en Estados Unidos, del 21% en Gran Bretaña y del 18% en Australia.
¿Qué decir de Chile? En nuestro país uno de cada cuatro hogares tiene a
una mujer como la responsable directa de la mantención del hogar y el
cuidado de los hijos.
Si los números no mienten, el mundo de hoy, particularmente el
económicamente más desarrollado, asiste a una desintegración objetiva de
la familia tradicional. Es imposible afirmar lo contrario.
Responsabilidades y víctimas
Nada de lo anterior es imputable a las mujeres. En el gigantesco y
acelerado proceso de cambios que han provocado estos fenómenos hay
diversos factores y en ninguno de ellos es posible asignar culpabilidad a
las mujeres.
De partida, y para centrarnos en aquel elemento habitualmente signado
como fundamental, desde la segunda guerra mundial, las economías
requirieron y demandaron la incorporación masiva de la mano de obra
femenina. Al mismo tiempo, el avance cultural fue dejando atrás
discriminaciones inauditas hacia la mujer y abriéndoles legítimos
espacios de superación y crecimiento personal y profesional en todos los
ámbitos. Desde otro lado hay que consignar que el medio ha contribuido
al debilitamiento de la institución familiar. La propia sociedad como
tal, en muchos aspectos, hoy, es hostil a la familia y, particularmente,
es beligerante con las posibilidades de una vida en familia.
Pero
las mujeres no sólo no son las culpables de este cambio, sino
sus principales víctimas. Las nuevas responsabilidades y exigencias que
para ellas ha traído su mejor incorporación a la sociedad, no las ha
eximido -ni siquiera ha atenuado- ninguna de sus responsabilidades y
obligaciones anteriores, en particular, las de seguir siendo la columna
vertebral y el eje de la estructura familiar.
domingo, 30 de abril de 2017
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